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Expulsión Humanitaria

Se siente ya la crisis económica como la respiración de una fiera en la nuca. Y en consecuencia los inmigrantes de los países pobres en los ricos, que hasta ayer mismo eran vistos como invitados necesarios, empiezan a sobrar. Los candidatos a la presidencia de los Estados Unidos presentan sus proyectos de cierre de fronteras y de endurecimiento de leyes de inmigración y establecimiento de cuotas. Los burócratas de la Comisión Europea discuten Directivas comunitarias sobre retorno voluntario de los inmigrantes a sus países de origen, o su expulsión forzosa, o su reclusión en campos de concentración púdicamente bautizados con el nombre de “centros de internamiento”. El pudor verbal es, en efecto, de rigor. Porque si el problema consiste en qué hacer con los inmigrantes que ya no son útiles pero siguen llegando en oleadas, la solución pasa necesariamente por la apariencia de que lo que se haga es sólo por el bien de ellos. Al amparo, digamos, de la “responsabilidad de proteger” que está alegando ahora Francia para justificar la entrada forzosa en Myanmar, la antigua Birmania, arrasada por un ciclón que dejó cien mil muertos.

Responsabilidad de proteger. Suena muy bien. En el caso del ciclón los resultados no pueden ser sino benéficos, claro está. Pero cabe imaginar esa “responsabilidad” usada en otras circunstancias, y con efectos mucho más discutibles. Recuerdo, por ejemplo, las varias guerras civiles que hace unos años desgarraron a la antigua Yugoslavia y en las cuales se justificó la intrusión armada de la OTAN bajo el nombre aséptico de “intervención humanitaria”. No es que el concepto de “guerra humanitaria” sea particularmente nuevo: ha servido desde hace milenios para dar respetabilidad moral a las guerras de expansión de todos los imperios. Pero la palabra sí lo es. Guerras humanitarias. Hemos llegado lejos.

Se puede ir más allá, y por eso traigo a cuento el tema migratorio: se trata de un campo en el cual se está avanzando, como ya dije, en materia semántica. Cité atrás los “centros de internamiento”. ¿Por qué no añadirles la palabra “voluntario”? Centros de internamiento voluntario suena mucho mejor que campos de concentración, sin lugar a dudas. ¿Y la palabra “limitado”? Pues conviene saber que hoy por hoy las regulaciones varían en los distintos países de la Unión Europea, y los hay en donde la detención de los inmigrantes ilegales se reduce a 32 días, como en Francia, o se extiende hasta los veinte meses, como en Letonia, o puede ser incluso ilimitada en el tiempo, como en el Reino Unido. ¿Por qué no, de una vez, inventar la figura de “expulsión humanitaria”?

Ya los asesores jurídicos del presidente Bush se han sacado de la manga para dar respaldo teórico al tratamiento que reciben los presos en las cárceles militares de Irak y de Guantánamo, el concepto de tortura humanitaria, que redefine el viejo y malsonante término de tortura y lo vuelve aceptable a oídos de los juristas del Pentágono. El camino es ese. Lo señalaron hace años los médicos cuando inventaron la expresión pionera de “encarnizamiento terapéutico” mediante el cual las clínicas privadas consiguen que los agonizantes prolonguen indefinidamente su agonía mientras marca el taxímetro, como si fueran en un taxi.

Por Antonio Caballero.