Ahora que tanto se habla de crisis económica, una palabra que nació en el siglo XX
y que ha tenido muchos usos desde que apareciera por primera vez en el mundo
moderno, por allá por la década de 1920, conviene recordar que las crisis que han
existido desde entonces se han solucionado desde las teorías más convencionales
de la izquierda económica, esas que se inventaron Keynes y sus contemporáneos.
Para la izquierda política del pasado, esos socialdemócratas que se inventaron la
seguridad social y el estado de bienestar, nada mejor que las recién inventadas
teorías keynesianas para intentar controlar la economía que se había desbocado
por creer demasiado en que ésta se regulaba a sí misma. Controlarla, sobre todo,
para intentar favorecer a los más débiles, a ésos que no pueden pagarse un hospital,
una vivienda, a ésos que se quedan sin empleo y se mueren de hambre.
Con el triunfo del liberalismo en la época de Reagan y Thatcher, muchos políticos
de derechas aplicaron la economía liberal para desmontar ese modelo de izquierdas.
Lo consiguieron a medias, muchas veces usando mecanismos contradictorios,
pero hicieron pensar al mundo que su método había triunfado. Dos décadas
después vemos que es cierto, que dejar la economía a su entera libertad permite la
acumulación de riquezas por parte de los más poderosos, y que los menos favorecidos
estén todavía peor. Si alguien piensa lo contrario es, inevitablemente, porque
está del lado de los que tienen muchos ceros en su cuenta.
Es cierto que, de la mano del ya neoliberalismo económico, el mundo lleva años
creciendo a ritmos insospechados, incluso en las épocas de turbulencia política y
social, pero prácticamente el setenta por ciento de la población no ha visto los
beneficios. ¿Dónde está, entonces, ese cacareado triunfo del liberalismo aplicado
por la derecha política? ¿Y sobre todo, dónde está la izquierda para expresar su
repudio a esta tragedia?
La izquierda económica está extraviada, por supuesto. Los modelos keynesianos no
sirven a escalas mundiales, que no hay forma de controlar. El gran dilema de la
izquierda está en que en un mundo plagado de riqueza, no hay una estructura
económica válida que sea una alternativa al liberalismo y que permita la distribución
de esa riqueza. Las entidades supranacionales encargadas de conseguir estos
fines, Banco Mundial o Fondo Monetario internacional, no han servido para superar
la creciente brecha entre ricos y pobres.
Aún así, en estos tiempos en los que se regresa a la jornada laboral de 65 horas, en
los que la llegada de inmigrantes permite crear guetos legales de detención, en los
que se privatizan hasta los servicios sanitarios, en donde son alabadas las grandes
fortunas como una gran noticia, muchos estamos esperando que los políticos que
se dicen de izquierdas recuerden que su labor consiste en defender a quien más lo
necesita, al trabajador despedido, al enfermo sin recursos, al extranjero discriminado.
Porque los poderosos, ésos de la derecha neoliberal, los grandes empresarios,
los especuladores, los de las fortunas millonarias, tienen recursos suficientes para
defenderse a sí mismos.
Y conviene recordarle ahora a ciertos partidos gobernantes, que también han
perdido su norte, que ser de izquierdas no es tanto una tendencia política como
una decisión ética.
