-Un café con leche por favor. Le pedí a la camarera filipina de cejas
gruesas.
En la barra de aquella cafetería a las 10 am, bajo los efectos de la
nicotina en una fumadora pasiva sin derecho a réplica, veía a través
del ventanal a la gente transitar por las rutas de una cotidianidad
despiadada. La alerta roja del reloj a las en punto, rugía con los
motores de los coches en cada paso de cebra. Un límite delirante
entre el permiso y el atropello. Qué bueno es respirar cuando se ha
logrado atravesar. Ese cuadro sedicioso y cardiaco de la Castellana,
invadida de ejecutivos, administrativos, secretarias, etc. me hacía
extrañar la despreocupación y el simple paseo de los habitantes de
cualquier pueblecito de la playa donde lo más urgente es ESTAR.
Tomé mi primer sorbo de café caliente y divisé entre zapatos de
cuero resplandecientes y zapatillas de tacón, unos pies descalzos,
mugrientos. Mi mirada desconcertada ascendía por sus pantalones
casi planchados y camisa beige. Su rostro angelical y sonrisa amplia,
no contrastaban con lo que veía: unos pies desnudos, salvajes,
vagabundos, compaginados con el vestuario citadino de un posible
administrativo. ¿Quién era el auténtico? A su lado, un hombre canoso,
de aspecto humilde, barriga inflada y ojo de vidrio, cargaba una bolsa
medio vacía de supermercado. Hablaban en lengua rumana, con
gestos que indicaban una relación cercana. El chico, de unos 25 años,
sostenía en sus manos una grabadora de reportería. El se divertía a
sus anchas emitiendo sonidos felinos, que a su vez grababa en su
aparato un tanto obsoleto. Maullaba como un gato en el tejado,
como un gato en celo, un gato juguetón, toda una mezcla animalesca
que generaba asombro, cinismo y burlas entre los que allí estábamos.
-Papá te quiero. Repetía en un castellano difícilmente aprendido.
Sin embargo, a padre e hijo nada les importaba. Que más daba si la
Castellana exigía compostura y un reloj de muñeca a punto de
estallar. ¿Quién ha dicho que no se puede andar descalzo por esos
extensos bulevares como si se estuviese caminando por la playa o
por la selva? Sinceramente prefiero escuchar sus maullidos de gato
inofensivo que los rugidos de los motores colapsando mis oídos.
Ambos se sentaron en la barra, justo a mi lado. El padre pidió dos
desayunos y desenrolló su periódico de ayer. Algunos de los que
estaban a nuestro alrededor, inquietos y sudorosos, se fueron de los
puestos en una especie de huida despavorida a la calle, como si en
los pasos de cebra se ofreciese la salvación eterna. Qué se le va a
hacer, son los impulsos que causan los estereotipos fulminantes un
miércoles por la mañana.
De repente, en un pestañear de ojos, entró una mujer sumamente
delgada. Pidió un vaso de agua. Le faltaban un par de dientes y las
ojeras formaban mapas de tristezas en un rostro chupado por el
tiempo. Se arrodilló y en su lamento callejero y voz ronca nos
imploró a todos.
-Señores por favor ayúdenme, tengo 18 años, 3 hijos. Vivo debajo de
un puente lleno de ratas y estoy enferma, muriéndome de cáncer.
Denme una limosna, unas moneditas para comer...
Uno de los camareros la interrumpió elegantemente y le advirtió en
susurros que estaba prohibido pedir dinero en la cafetería.
-Señorita, es mejor que se vaya, está incomodando a la clientela.
Una de las señoras que fumaba su cigarrito de las 10.30 am, le dijo
despectivamente
- Mentirosa, drogadicta. Basta de engaños, dedícate a trabajar.
La mujer, posiblemente adicta a las drogas o por qué no, victima de
la ignorancia, volvió a arrodillarse, esperando a ser escuchada por
aquellos jueces de lo correcto y lo concreto. Nadie se inmutó, pero
¿quién no criticó? El chico descalzo y su padre inmediatamente la
levantaron del suelo y pidieron a la camarera, en un rumano
castellanizado, otro desayuno. Los tres se sentaron en la barra y en
silencio, sin mirarse, comieron apaciblemente su tostada con
mantequilla y mermelada.
Al estilo de una fábula encantada, el hombre -gato sin botas, giró su
cabeza, miró a los espectadores lobos y en esa ocasión,
extrañamente ladró.
