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El bogotazo.

O de cómo un país perdió la oportunidad de ser un lugar mejor por la muerte de un solo hombre.

El país que vivimos los colombianos ha nacido de la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. Sin el magnicidio, el país habría sido otro. El profundo conocimiento de este hecho, al parecer tan imaginario, pero en el fondo muy certero, hace que cualquier remembranza del caudillo liberal esté plagada de romanticismo y melancolía. Pero no por ello deja de ser menos cierto que aquel 9 de abril de 1948, Colombia perdió la oportunidad de ser un lugar más digno, al serle arrebatada la única brújula certera y capaz del momento.

Pocas naciones modernas pueden decir que la muerte de un solo hombre les arrebató la promesa de un futuro mejor. Por eso el Bogotazo, esa gran manifestación de rabia y dolor que no llevó a nada, que no fue una revolución sino una explosión de ira, quedará plasmada en la historia de todo un continente como la más grande muestra de desesperación de una ciudad por la desconocida lesión de su propio futuro.

No es fácil comprender lo que sucedió aquel miércoles. Colombia en sí ya era compleja y estaba desgarrada por los inicios de una violencia campesina basada en el odio político entre Liberales y Conservadores, y los intereses de los terratenientes.

Basta decir que el país llevaba el peso de más de 50 años de gobierno conservador, que el campo era sede de un feudalismo vergonzoso dominado por hacendados y empresas extranjeras, y el atraso social, económico y educativo era patente. Un solo presidente en 1930, Alfonso López Pumarejo, liberal y con agallas, intentó una reforma agraria, un esbozo de industrialización, un cambio en las relaciones con la iglesia (amiga inseparable de los conservadores).

Pero lo que en el campo se vio como una esperanza, fue prontamente sofocado por complejos movimientos antiliberales que, con golpes de corrupción y violencia, acabaron con las esperanzas de los campesinos que soñaban con un justo reparto de tierras. Los conservadores retomaron el poder.

Sobre esta Colombia poco educada, oligarca y desigual, un joven abogado liberal comenzó a crear las bases de su programa reformista y su ambición política. Nacido en 1903 en el seno de una familia de clase baja, fue educado desde pequeño en la orientación liberal que enseña su madre, profesora de un colegio privado donde estudió con una beca, y donde conoció desde pequeño las diferencias económicas entre su propia familia y las de sus compañeros.

Dicen que allí nació esa convicción que lo llevaría a luchar por la igualdad y contra las oligarquías. Estudió derecho y viajó a Roma donde se graduó con honores en Criminología. Su estancia en Italia le serviría para aprender la ideología de un naciente movimiento fascista, que todavía no estaba desprestigiado por los grandes males de la Segunda Guerra Mundial. Gaitán estaba de acuerdo con las ideas del fascismo que atacaba los intereses de las clases sociales en pos de la igualdad, y reivindicaba los nacionalismos. Con estos conceptos regresó a Colombia para entrar de lleno en la carrera política que lo llevaría en poco tiempo al Congreso.

Lo único cierto es que durante el mediodía del 9 de abril de 1948 muchas personas dijeron haber visto al asesino, un joven delgado y de aspecto desgarbado merodeando en la entrada del edificio donde Jorge Eliécer Gaitán tenía su despacho.

El abogado liberal se encontraba allí desde temprano, y cuando salió a comer acompañado por tres personas más, el joven le disparó tres veces casi a quemarropa con un revólver. Una bala se alojó en su cabeza, y dos más le dieron en el pecho. Segundos después la policía detenía al asesino, que fue encerrado en una farmacia cercana.

Gaitán fue llevado inmediatamente a un hospital, pero murió mientras intentaban hacerle una transfusión de sangre.

En cuestión de minutos, el cuerpo del asesino fue golpeado, arrastrado y descuartizado hasta que no quedaron nada más que despojos. Bogotá había comenzado a hervir de ira. Luego se sabría que el asesino se llamaba Juan Roa Sierra, un desempleado de 21 años que fue presentado por una investigación de Scotland Yard, como una persona ensimismada y con ilusiones de grandeza. La investigación inglesa, hecha a petición del gobierno colombiano, descubrió que Roa Sierra había ingresado meses antes en una organización masónica, que había estado fuertemente influido por un vidente, y que había adquirido un revólver por razones inexplicables y rodeado de mentiras. Pero no se descubrieron cómplices o razones que aclararan por qué se decidió a matar al dirigente liberal.

Pese a la lluvia, a la llegada de la noche, y a los anuncios apaciguadores de los dirigentes liberales y conservadores en la radio, la situación continuó hasta el día siguiente, cuando Bogotá se despertó entre humo y cenizas. Para esos momentos, ya no sólo había destrucción sino también muerte: numerosos francotiradores apostados entre edificios y ruinas disparaban por doquier a los manifestantes y a los militares que intentaban sofocar la revuelta. Se calcula que más de tres mil personas murieron en el Bogotazo. Tres días tardaría la capital colombiana en calmar su cólera, pero para entonces ya el mal se había extendido por toda Colombia.

La muerte de Gaitán marcaría el comienzo de una etapa de matanzas políticas en el campo que duraría veinte años y sería conocida simplemente como La Violencia. Medio millón de personas serían asesinadas por causas políticas y económicas entre 1948 y 1965.

“Ninguna mano del pueblo se levantará contra mí y la oligarquía no me mata, porque sabe que si lo hace el país se vuelca y las aguas demorarán cincuenta años en regresar a su nivel normal.” Esto dijo Gaitán meses antes de su muerte, de forma premonitoria. Porque han pasado ya sesenta años y Colombia aún no se recupera de las heridas causadas por esos tres disparos que le arrebataron un futuro diferente, tal vez mejor.

Por: Juan Camilo Cano